Archivo | abril, 2012

De los tambores a Twitter

3 abr

La información - James Gleick Siempre me han interesado las historias de cómo los periodistas envían los artículos o las noticias a las redacciones de los periódicos. A veces, la cocina del periodismo resulta más interesante que la noticia en sí misma. Desde la invención del telégrafo, las noticias y la tecnología comenzaron a correr por los mismos hilos. Para un libro que escribí en 2006, El camino de las noticias, leí, entre otros, Historia de las Telecomunicaciones, donde su autor, José de la Peña, explicaba que hasta la aparición del telégrafo, las noticias tardaban en conocerse en el siglo XIX el mismo tiempo que en la Edad Media. A veces se demoraban tanto como en la época de los romanos. El día 8 de enero de 1815, más de 8.000 hombres de las tropas británicas se enfrentaron a las tropas americanas que protegían la ciudad de Nueva Orleáns. En poco más de 25 minutos murieron más de 2.000 soldados. La diferencia con otras contiendas bélicas donde se producían masacres de soldados fue que hacía quince días que los dos países ya no estaban en guerra. Murieron dos mil personas porque los oficiales al mando de los dos bandos no tenían la información.
He recordado lo sucedido en la batalla de Nueva Orleáns leyendo La información el libro de James Gleick, que ha publicado en España la editorial Crítica el pasado mes de febrero. Gleick, que es un especialista en alta divulgación científica y tecnológica (“cronista”, dicen en la solapa del libro), traza un recorrido por el nacimiento de las principales tecnologías que han supuesto un paso adelante en materia de almacenamiento y transmisión. “Cada medio de comunicación nuevo transforma la naturaleza del pensamiento humano”, adelanta como resumen al final del prólogo.
Recuerda el autor el evangelio de Juan: “En el principio era el verbo”. Sin embargo, el libro comienza con los tambores. Hasta los lectores menos interesados pueden encontrar muy entretenidas las historias de los tambores que hablan. “Transmitidos de poblado en poblado en poblado, los mensajes podían propagarse en un radio de ciento cincuenta kilómetros en cuestión de una hora”. Escritura en la distancia, como la del telégrafo. “Debe resultar evidente hasta para el observador más vulgar que no podrá inventarse nunca un medio de transmitir información que supere o incluso iguale la rapidez del telégrafo, pues, con la excepción de su parada apenas perceptible en cada estación, su rapidez podría compararse a la de la propia luz”, dijo el abogado y filólogo John Pikcering en una conferencia en Boston en 1983. Algunos periódicos, para transmitir a los lectores que en ellos podrían leer las últimas noticias, “se bautizaban con el modernísimo nombre de The Telegraph”.
Para algunos el telégrafo podía suponer la muerte de los periódicos (¿No les suena actual?). Si las noticias se conocían con rapidez, los periódicos solo podrían tratar asuntos locales. Temían, incluso, que “su capacidad de crear sensaciones en las campañas electorales se verá en gran medida reducida, pues el inefable telégrafo desmentirá sus falsedades con tanta rapidez como se publiquen”. La aparición del teléfono en Estados Unidos en la década de 1870 introdujo nuevas ventajas para los negocios y no tantas para los periódicos, que ni siquiera lo emplearon como nombre de sus cabeceras. “El telégrafo exigía el conocimiento de la lectura y la escritura; el teléfono daba cabida a la oralidad”. En 1880, la revista Scientific American hablaba del futuro del teléfono. “Lo que el telégrafo tardó años en conseguir, el teléfono lo ha hecho en meses. En 1890 lo utilizaban medio millón de personas; en 1914 eran diez millones. No hace falta recordar que la popularización de Internet fue muy superior. En 1995, tres millones de jóvenes estadounidenses menores de dieciocho años se conectaban a Internet. Dos años después, sólo el segmento más joven, sumaba 9,8 millones de internautas, una cifra que supone un crecimiento de un 444 por ciento.
Con el apartado de la teoría de la información se llega a la parte central y más compleja del libro. Sin prisa se recorre mejor la historia de la teoría matemática de la comunicación, narrada por alguien que ha convertido un libro de ciencia en un auténtico bestseller. En algunas de las reseñas de periódicos norteamericanos, que preceden a la edición española se destaca que Gleick no es un biógrafo de los científicos, sino un biógrafo de la ciencia. No faltan anécdotas que tienen que ver con nombres tales como los de Charles Babbage, Alan Turing y, sobre todo, Claude Shannon, considerado como el padre de la teoría matemática de la comunicación, junto a Warren Weaver, que hacen más llevaderas las páginas más áridas del libro.
Con la teoría de la información apareció la “sobrecarga de información”, el “exceso de información”, la “ansiedad de la información” y la “fatiga de la información”, que viene a ser el “ruido total” al que se refería David Foster Wallace en 2007: “El tsunami de hechos, contextos y perspectivas a nuestro alcance”. Recuerda Gleick que la información no es conocimiento, y que el conocimiento no es sabiduría. ¿Estrategias para enfrentarse al ruido total? “En esencia se resumen en dos: filtrar y buscar”. Filtros para separar el grano de la paja. Búsquedas eficientes para encontrar lo que se precisa en medio de un océano de información.
La Enciclopedia Británica acaba de anunciar que deja el papel y solo se publicará en Internet. La joven Wikipedia gratuita se ha convertido en la enciclopedia global y ha desplazado a la sesuda Británica que se editó en papel por primera vez en 1768. Twitter y Facebook comienzan a ser la competencia de los periódicos tradicionales. Gleick reconoce que no tuitea, pero recuerda que la escritora Margaret Atwood dijo haber sido “absorbida por la Twitteresfera, como Alicia por la conejera”.
“¿Se trata de enviar señales, como el telégrafo? ¿Se trata de poesía zen? ¿Se trata de una serie de chistes garabateados en la pared de un lavabo? ¿Se trata de grabar un corazón en un árbol para decir que Juan ama a María? Digamos que se trata simplemente de comunicación, y comunicarse es algo que a los humanos les encanta hacer”, escribió Atwood hablando de Twitter en 2010 en The New Review of Books.

Publicado en Lamentable.org

Tener tiempo

1 abr

 

Varsavsky en su intervención en iRedes. Fotografía de Victoriano Izquierdo @victorianoi

En el reciente congreso iRedes, que se celebra en Burgos desde hace dos años, Martín Varsavsky dio la charla de inauguración. El empresario argentino/español, fundador de Jazztel, que llegó, como destacaba Diario de Burgos, en su avión privado, explicó a los asistentes qué hacía para disponer de más tiempo para estar con sus cinco hijos. Con vaqueros y zapatillas blancas, Varsasky paseó un buen rato por el escenario para contar que gana tiempo, por ejemplo, no viendo la tele.
No acude a los campos de fútbol o de tenis para ver deporte. Prefiere practicarlo. Lee pocos libros, pero escribe mucho. Mostró los datos de un estudio que aseguraba que los hombres dedican 23 minutos diarios a la ducha. De media, claro. Dijo que él se duchaba en unos pocos minutos. Así que también ahorra tiempo en el aseo personal.
Contó que recientemente, mientras estaba en un centro comercial, fue con su hijo a que les cortaran el pelo. En la primera peluquería le dijeron que tardarían unos treinta minutos. Se marchó. En la segunda peluquería, el tiempo de espera era de quince minutos. Tampoco se quedó. La tercer peluquería estaba vacía y se sentaron de inmediato. “El resultado es una mierda”, explicó mientras señalaba su pelo, pero no esperó.
“Odio hablar por teléfono”, dijo. Prefiere hablar en persona o hacerlo por mensajería en Internet. No bebe alcohol, no tiene comidas de negocios y es puntual. Si queda con alguien y no llega a la hora, espera unos pocos minutos y se va.
Luego explicó que ahorra tiempo con la utilización de las redes sociales. El empresario que vende “foneras” por medio mundo y que participa, según aparece en su página personal en veintitrés empresas, contó lo que ya había escrito en su blog.
Utiliza Facebook solo para los amigos. Antes tenía 4.000. Un día empezó a borrar y se quedó con 600 a quien conoce bien. Ha decidido que Facebook es para su vida privada. Emplea Google+ para borradores. Usa Twitter para “producir contenido”, Tumblr para artículos más cortos que los de Google+, Path para compartir fotos, Flickr y Picasa para las fotos que hace con su Leica M9 o con la Canon 5D Mark II; YouTube, Foursquare, SpotiFy, Google Maps, Gmail, WordPress, Linkedin, Skype, Whatsapp, Meneame, Reddit… Me desconecté.
Volví al “on” cuando en mi teléfono entró un tuit de Risto Mejide, que estaba sentado entre el público en el Teatro Principal de Burgos: “Cuando@martinvars deje de pronunciar la palabra YO, ganará 5 años de vida”. Levanté la vista para contemplar cómo Mejide abandonaba el teatro en medio de la conferencia. “Querrá aprovechar el tiempo”, pensé.

Publicado en Diario del AltoAragón el día 1 de abril de 2012.

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